¿Cuáles son los peores resultados de España en Eurovisión y qué falló en cada uno?

El 23 de abril de 1983, en el Rudi-Sedlmayer-Halle de Múnich, Remedios Amaya salió descalza al escenario de Eurovisión con «¿Quién maneja mi barca?». Cuando terminó el recuento, España tenía cero puntos y compartía el último puesto —el 19.º de veinte países— con Turquía. Cuarenta años después, esa canción aparece una y otra vez en las votaciones de aficionados entre las mejores que ha mandado España al festival. El resultado fue el peor posible y la canción sigue defendiéndose sola. Ese desajuste es justo lo que hace difícil leer los últimos puestos españoles: la posición dice qué pasó, pero no por qué.
Las cinco veces que España quedó última
Son cinco, no más. Conviene decirlo porque la cifra circula inflada: hay años malos que no son últimos puestos, y hay ceros que no son españoles.
| Año | Artista y canción | Puntos | Puesto | Participantes |
|---|---|---|---|---|
| 1962 | Víctor Balaguer — «Llámame» | 0 | 13.º (empate) | 16 |
| 1965 | Conchita Bautista — «¡Qué bueno, qué bueno!» | 0 | 15.º (empate) | 18 |
| 1983 | Remedios Amaya — «¿Quién maneja mi barca?» | 0 | 19.º (empate) | 20 |
| 1999 | Lydia — «No quiero escuchar» | 1 | 23.º | 23 |
| 2017 | Manel Navarro — «Do It for Your Lover» | 5 | 26.º | 26 |
Los tres primeros son empates a cero, y ahí hay una trampa de la que casi nunca se avisa. En 1962 cada jurado repartía 3, 2 y 1 punto entre sus tres canciones favoritas: solo tres países por jurado podían recibir algo, y aquella noche cuatro delegaciones se fueron a casa sin nada. En 1965 volvieron a ser cuatro los ceros —Bélgica, Finlandia, Alemania y España—, con un sistema de reparto igual de estrecho. Quedarse a cero en 1962 y quedarse a cero en 1983, con el sistema de 12 puntos vigente desde 1975 y veinte jurados repartiendo diez notas cada uno, no cuesta lo mismo. Comparar ambas cosas como si fueran el mismo fracaso es el error más repetido cuando se hace la lista.
1999 y 2017: los dos últimos puestos en solitario
Lydia cantó «No quiero escuchar» en Jerusalén el 29 de mayo de 1999 y se llevó un único punto, el 23.º de veintitrés. Aquella edición cambió tres reglas a la vez: desapareció la orquesta, se liberalizó el idioma y la mayoría de países pasó a votar por teléfono. España mandó una canción en castellano, con base grabada, a un certamen que acababa de convertirse en otra cosa. El resultado tuvo consecuencias que no se ven en la tabla: con el sistema de descensos por media de puntos que se aplicaba entonces, España tenía todas las papeletas de quedarse fuera al año siguiente. No pasó porque en 2000 se creó el grupo de países con plaza fija —Francia, Alemania, Reino Unido y España— por su aportación económica a la UER.
El de 2017 es el caso más documentado y el más incómodo. Manel Navarro ganó Objetivo Eurovisión con «Do It for Your Lover» tras un empate que se resolvió a favor del jurado profesional y en contra de la opción más votada por el público, Mirela. La gala terminó con abucheos y con un corte de mangas del ganador en directo. En la final de Kiev, el 13 de mayo, Navarro falló la nota alta del cierre y España acabó con 5 puntos, última de 26. Aquí sí se puede señalar el eslabón: la canción llegó a Kiev con la mitad del país en contra desde febrero.
Tres fallos que parecen uno
Desde fuera, un último puesto se resume siempre igual: «no funcionó». Los casos españoles muestran al menos tres averías distintas.
- La selección. 2017 es el ejemplo limpio. El problema no fue el escenario ni el presupuesto: fue un mecanismo de elección que produjo un representante enfrentado con su propia audiencia antes de salir de España.
- La puesta en escena. 1983 apunta a esto. Una cantaora flamenca, descalza, con una propuesta que en 1983 no tenía traducción visual para veinte jurados europeos acostumbrados a otra cosa. La canción sobrevivió; la presentación de aquella noche, no.
- La canción. 2021 lo enseña sin que haya siquiera último puesto. Blas Cantó cantó «Voy a quedarme» en Róterdam, quedó 24.º de 26 con 6 puntos, y todos esos puntos vinieron de los jurados: del televoto europeo no recibió ni uno. Una balada correcta que no dio a nadie una razón para descolgar el teléfono.
El contraejemplo está en 2010. Daniel Diges tuvo que repetir la actuación entera en Oslo porque un espontáneo se coló en el escenario, y aun así «Algo pequeñito» terminó 15.ª con 68 puntos. Un desastre de puesta en escena, en el sentido literal, y un resultado de mitad de tabla.
Queda el argumento del dinero, que aparece cada mayo. Aquí hay poco que sostener: RTVE no publica el presupuesto desglosado de sus delegaciones, y las cifras que circulan son estimaciones sin fuente contrastable. Una explicación que no se puede comprobar tampoco se puede descartar, y por eso conviene no apoyarse en ella.
Qué cambió con el Benidorm Fest y qué no
Desde 2022, España elige en un festival de varios días con semifinales, con las canciones publicadas antes y con un reparto de voto entre jurado, demoscópico y televoto. El primer año salió el mejor resultado en cuatro décadas: Chanel, tercera en Turín con 459 puntos. Después vinieron Blanca Paloma (17.ª en Liverpool, 100 puntos), Nebulossa (22.ª en Malmö, 30 puntos) y Melody (24.ª en Basilea, 37 puntos).
Lo que cambió es el punto débil de 2017: ahora hay meses de exposición previa y un mecanismo de reparto de voto conocido de antemano, así que el representante llega a mayo con el debate ya hecho en casa. Lo que no ha cambiado es que ese sistema no garantiza nada al otro lado. Tres de los cuatro representantes salidos del Benidorm Fest han terminado en la mitad baja de la tabla, y la diferencia entre el 3.º de 2022 y el 24.º de 2025 no está en cómo se eligió la canción.