¿Cuándo desapareció la orquesta de Eurovisión y qué cambió en las canciones?

El ritual duraba diez segundos y se repetía veinticinco veces por noche. El presentador decía el país, la cámara buscaba un foso a ras de escenario y aparecía una persona de espaldas al público, casi siempre de frac, que subía a una tarima, saludaba con la cabeza y levantaba la batuta. Cada delegación llevaba la suya. El 9 de mayo de 1998, en el National Indoor Arena de Birmingham, ese gesto se hizo por última vez en una final de Eurovisión.
Aquella noche ganó Israel con Dana International y «Diva», 172 puntos, por delante del Reino Unido —Imaani, «Where Are You?»— con 166. Doce meses después, en Jerusalén, no había foso. Ni tarima, ni batuta, ni una sola cuerda tocando en directo. Suecia se llevó la edición de 1999 con Charlotte Nilsson y «Take Me to Your Heaven» (163 puntos) sonando sobre una base grabada, y desde entonces no ha vuelto a haber orquesta: en las 27 finales celebradas entre 1999 y 2026 —la de 2020 se canceló— ninguna anfitriona ha montado una.
Quién decidió quitarla, y por qué
Conviene precisar algo que se repite mal: la UER no prohibió la orquesta. La hizo opcional. A partir de 1999 el reglamento dejó de obligar a la televisión anfitriona a proporcionar una, y la israelí IBA, que organizaba ese año, decidió no hacerlo. Ninguna de las siguientes quiso recuperarla.
La razón es la que suele estar detrás de los cambios del festival: quien organiza, paga. Una orquesta de concierto para Eurovisión no es un grupo que toque un rato; hay que contratarla durante toda la semana, ensayar veinticinco arreglos distintos —veinticinco países compitieron en 1998—, tener copistas, montar el foso dentro de un recinto pensado para otra cosa y sacrificar espacio de público. Y cada delegación llegaba además con su propio director, con sus dietas y su viaje.
Cuando ya casi nadie la usaba, el gasto dejó de tener defensa. Porque la orquesta llevaba años vaciándose por dentro.
La frontera no fue de golpe
De 1956 a 1972 todo lo que se oía se tocaba allí mismo. En 1973 se abrió la puerta a las cintas de acompañamiento, con la condición de que lo grabado se correspondiera con lo que el espectador veía sobre el escenario. En 1997 se permitió prescindir del todo de la orquesta y llevar la instrumentación entera grabada. En 1998 la orquesta seguía en el edificio, pero buena parte de las delegaciones ya no la necesitaba.
| Año | Sede | Ganadora | Puntos | Orquesta |
|---|---|---|---|---|
| 1996 | Oslo | Irlanda, «The Voice» | 162 | Sí |
| 1997 | Dublín | Reino Unido, «Love Shine a Light» | 227 | Sí, ya opcional para cada país |
| 1998 | Birmingham | Israel, «Diva» | 172 | Sí, por última vez |
| 1999 | Jerusalén | Suecia, «Take Me to Your Heaven» | 163 | No |
| 2000 | Estocolmo | Dinamarca, «Fly on the Wings of Love» | 195 | No |
El director que cada país llevaba en la maleta
Aquellas figuras del foso no eran empleados del festival. Los pagaba cada televisión y muchas veces eran los arreglistas de la canción, gente que había escrito la partitura y venía a defenderla. Por eso algunos nombres se repiten durante décadas en las fichas: Dolf van der Linden por los Países Bajos desde los años cincuenta, Franck Pourcel por Francia, Noel Kelehan al frente de Irlanda en varias de sus victorias de los ochenta y los noventa. Un mismo señor podía dirigir una canción de 1962 y otra de 1985.
Su trabajo también explica cosas que hoy suenan raras al escuchar grabaciones antiguas. El tempo lo marcaba una persona, no un clic, y variaba entre el ensayo y la final. Una entrada tarde de los metales o un final acelerado quedaban ahí, en el directo, sin arreglo posible.
Qué se nota en el sonido antes y después
Hasta 1998, una canción de Eurovisión tenía que existir dos veces: como disco y como partitura para una orquesta de concierto. Eso condicionaba lo que se podía presentar. Los arreglos vivían de cuerdas, viento y percusión acústica, y lo electrónico entraba con cuentagotas y con permiso. Un tema construido sobre un sintetizador y una caja de ritmos era difícil de traducir a un foso, y sonaba distinto en la final que en la radio.
Desde 1999 esa doble vida se acabó. Lo que suena en el escenario es la producción del single, con su mezcla, su compresión y sus sonidos imposibles de tocar en vivo. La canción del concurso y la canción del disco pasaron a ser la misma. También cambió el margen de error: con base grabada, el tempo es idéntico en el primer ensayo y en la final, y lo único que puede salir mal es la voz.
Ahí está el otro malentendido frecuente. Que la instrumentación vaya grabada no convierte el festival en un playback: la voz principal tiene que ser en directo, y lo sigue siendo. Lo que sí se relajó fue el acompañamiento vocal, que desde 2021 puede ir pregrabado en la pista.
España a los dos lados de la línea
El paso de una época a otra pilló a España en horas bajas y no la mejoró. En Birmingham 1998, con orquesta, Mikel Herzog y «¿Qué voy a hacer sin ti?» acabaron decimosextos con 21 puntos. En Jerusalén 1999, ya sin ella, Lydia cerró la tabla con «No quiero escuchar»: puesto 23 de 23 y 1 punto.
Merece una advertencia para quien compare resultados a un lado y otro de 1999: ese año coincidieron dos cambios de reglamento, porque además de retirarse la obligación de la orquesta se liberó el idioma. Cualquier país podía cantar en inglés desde entonces. Atribuir a la desaparición de la orquesta lo que pasó con los puestos de los años siguientes es mezclar dos reformas que se aplicaron a la vez.